
¿Alguna vez te has hecho esta pregunta en el silencio de tu corazón?
?Si de verdad tuviera fe, ¿me sentiría así??
Es una pregunta pesada, cargada de una culpa que se añade al ya abrumador peso de la ansiedad o la depresión. Te encuentras luchando por respirar en medio de una crisis de pánico, o intentando reunir fuerzas para salir de la cama, y una voz interior te susurra: ?Un verdadero cristiano debería tener gozo. Deberías poder orar y que esto desapareciera. Te falta fe?.
Si esa ha sido tu experiencia, quiero que sepas dos cosas: no estás solo y esa voz te está mintiendo.
Hoy vamos a desmontar una de las ideas más dañinas que se ha infiltrado en nuestras iglesias: la noción de que tu salud mental es un barómetro de tu fe. Prepárate para soltar una carga que nunca debiste llevar.
La idea de que la ansiedad o la depresión son fallas espirituales a menudo nace de una lectura superficial de versículos poderosos. Tomemos, por ejemplo, Filipenses 4:6-7:
?No se angustien por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.?
Al leer esto, es fácil caer en la trampa de pensar que es una fórmula: Si (A) no me angustio y (B) oro, entonces obtendré (C) paz. Si todavía siento angustia, debo estar fallando en el paso A o B.
Pero esto no es una fórmula mágica; es una invitación a un proceso relacional. Pablo no nos ordena "apagar" nuestras emociones, sino "traer" nuestras emociones a la presencia de Dios. La oración no es el interruptor que elimina la ansiedad; es el lugar seguro a donde llevamos nuestra ansiedad para procesarla con nuestro Padre.
La historia bíblica está llena de gigantes de la fe que experimentaron una profunda angustia emocional.
La fe de estos héroes no era la ausencia de dolor emocional. Su fe era la decisión de volverse hacia Dios desde su dolor. Y esa es una diferencia fundamental.
Si la fe no es la ausencia de miedo, duda o tristeza, ¿qué es? Hebreos 11:1 nos lo aclara:
?Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve.?
La fe es confiar en el carácter y las promesas de Dios, especialmente cuando nuestras circunstancias y emociones gritan lo contrario. No es negar la tormenta; es aferrarse al ancla sabiendo que Jesús está en el barco contigo.
Para entender por qué la fe y la ansiedad pueden coexistir, debemos recordar que Dios nos creó como seres integrales: espíritu, alma (mente, emociones, voluntad) y cuerpo. Un problema en un área inevitablemente afecta a las demás. La ciencia y la psicología, vistas como herramientas para entender la creación de Dios, nos muestran que la ansiedad y la depresión son fenómenos complejos con múltiples causas:
Entender esto es liberador. Tu lucha no sorprende a Dios. Él conoce tu neuroquímica, tu historia y las presiones que enfrentas. Luchar no te hace un cristiano de segunda clase; te hace humano. Y es en nuestra frágil humanidad donde la gracia de Cristo se manifiesta con más poder.
Desmontar la mentira es el primer paso. Caminar en esa libertad requiere intención y práctica. Aquí tienes cuatro pasos prácticos para empezar hoy:
1. Practica el Lamento Honesto Deja de orar lo que crees que "deberías" sentir. Sé real con Dios. Preséntate ante Él con la honestidad cruda de David: "Señor, estoy agotado. Tengo miedo. No entiendo nada. Me duele el alma". El lamento no es un acto de incredulidad; es uno de los actos de fe más profundos, porque eliges llevar tu dolor a la única persona que puede redimirlo.
2. Renueva tu Mente (Romanos 12:2 en Acción) Romanos 12:2 nos llama a ser ?transformados mediante la renovación de nuestra mente?. Este es un principio profundamente psicológico.
3. Busca Ayuda Sabia (Proverbios 11:14) Buscar ayuda no es una debilidad espiritual, es sabiduría en acción.
4. Encuentra Propósito en el Proceso (2 Corintios 1:4) Tu dolor no es en vano. Dios es un experto en redimir el sufrimiento. Como dice 2 Corintios 1:4, Él nos consuela en nuestras tribulaciones para que podamos consolar a otros con el mismo consuelo que hemos recibido. Tu lucha te está capacitando con un nivel de empatía que no se puede aprender en un libro. Tus cicatrices se convierten en un testimonio del poder sanador y sustentador de Dios.
Si te quedas con una sola idea de este artículo, que sea esta: Tu lucha con la ansiedad o la depresión no es una medida de tu fe, pero la manera en que te aferras a Dios a través de ella, sí lo es.
Suelta la culpa. No te pertenece. Jesús ya la llevó. Tu trabajo no es ser emocionalmente perfecto; es ser relacionalmente honesto con tu Padre. Eres amado incondicionalmente, no a pesar de tu lucha, sino precisamente en medio de ella.
Tu dolor de hoy es el taller donde Dios está forjando la compasión y la sabiduría que mañana podrás regalar a otros. No estás fallando; estás siendo formado. Y en ese proceso, nunca, ni por un segundo, estás solo.
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