Todos cargamos con una historia, un equipaje de experiencias que nos han moldeado. Y, seamos honestos, no todas esas experiencias han sido agradables. Las heridas del pasado, ya sea por palabras que nos marcaron, acciones que nos hirieron o situaciones traumáticas que nos quebraron, pueden dejar cicatrices profundas en nuestra alma. A veces, sentimos que estamos condenados a vivir con ese peso, como si una cadena invisible nos atara a esos momentos dolorosos. Pero, ¿y si te dijera que hay una forma de romper esas cadenas? ¿Y si la fe, lejos de ser un simple consuelo, fuera la herramienta más poderosa para tu sanidad?
Como teólogo y consejero, he visto a muchas personas luchar con las sombras de su ayer. La buena noticia, la que quiero compartir contigo hoy, es que la sanidad es posible. No se trata de un truco de magia ni de negar el dolor, sino de un proceso profundo y transformador donde la fe en un Dios que te ama se integra con herramientas prácticas que la psicología nos ofrece.
Desde una perspectiva cristiana, creemos en un Dios que no solo es todopoderoso, sino que está activamente involucrado en nuestras vidas. Él es un Dios de restauración. El teólogo John Wesley, fundador del metodismo, hablaba de la "santificación", un proceso por el cual Dios nos va haciendo más como Él, más santos, más completos. Y parte de ese proceso, créelo o no, implica sanar nuestras heridas.
Wesley entendía que el sufrimiento es una realidad en este mundo caído. Sin embargo, sostenía que Dios puede usar incluso nuestras aflicciones para nuestro bien, para acercarnos más a Él y forjar en nosotros un carácter más fuerte y compasivo. No se trata de que Dios cause el trauma, ¡de ninguna manera! Pero sí de que tiene el poder de redimirlo, de tomar los pedazos rotos de nuestra vida y construir algo nuevo y hermoso. La Biblia nos lo recuerda: "»¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto, y ríos en lugares desolados»" (Isaías 43:19, NVI). Tu pasado no tiene por qué ser tu destino final.
Aquí es donde la fe se encuentra de una manera asombrosa con la psicología. La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), una de las corrientes más efectivas y respaldadas por la ciencia, nos enseña que nuestros pensamientos tienen un impacto directo en nuestras emociones y conductas. El trauma y las heridas del pasado a menudo nos dejan con patrones de pensamiento negativos y distorsionados: "no soy suficiente", "nadie me puede amar", "el mundo es un lugar peligroso".
La Biblia, siglos antes que la TCC, ya nos hablaba de la importancia de nuestros pensamientos. El apóstol Pablo nos exhorta: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta" (Romanos 12:2, NVI).
La "renovación de la mente" es un proceso activo. Implica:
Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, desarrolló una escuela de psicoterapia llamada Logoterapia, que se centra en la búsqueda de sentido. Frankl observó que, incluso en las circunstancias más inhumanas, quienes lograban sobrevivir eran a menudo aquellos que encontraban un propósito, una razón para vivir.
El trauma puede hacernos sentir que la vida ha perdido su sentido. Sin embargo, la fe nos ofrece una perspectiva trascendente. Nos asegura que nuestro sufrimiento no es en vano. El apóstol Pablo, quien experimentó innumerables dificultades, lo expresó así: "Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos" (Romanos 8:28, NVI).
Esto no significa que el trauma sea "bueno". Significa que Dios es tan poderoso y bueno que puede tomar la peor de las situaciones y usarla para un bien mayor en tu vida y en la de otros. Quizás tu herida, una vez sanada, te capacite para ayudar a otros que pasan por lo mismo. Tu historia de superación puede convertirse en un faro de esperanza. Encontrar este "porqué" te dará la fuerza para soportar casi cualquier "cómo".
Tu pasado no tiene la última palabra. Las heridas pueden ser profundas, pero el amor y el poder de Dios son más profundos aún. Él te invita a un camino de sanidad y restauración, un camino donde tu fe se convierte en la fuerza que te libera del trauma y te guía hacia una vida de plenitud y propósito. ¡Atrévete a dar el primer paso hoy!
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